¿Cuál es nuestra esencia?

Imagen de Ricardo Pulido
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25 de Noviembre, 2019 19:11

Una Nueva Constitución. Qué poderosa promesa. Volver a pensar qué queremos y cómo queremos conseguirlo. Esto exige repensar la esencia, del ser humano en general –¿qué es el ser humano?­– y de estos seres humanos que somos los chilenos en particular –¿quién habita, quién construye su casa, en el territorio llamado Chile? 

Partamos por esta última pegunta. Lo primero que encontramos cuando intentamos hallarla es que nuestra esencia se oculta, cuesta mucho dar con ella. Ni siquiera sabemos bien si tenemos una esencia que nos une o si solo somos un conjunto de personas conviviendo en un espacio. De hecho, ese es uno de nuestros rasgos: que no sabemos bien quiénes somos, y por eso mismo nos la pasamos miramos hacia fuera, a los argentinos, a los europeos, a los gringos y a los daneses. Admiramos mucho lo que viene de afuera y devaluamos lo que surge adentro. Quizás por eso no hemos sabido dejar de depender de una economía extractiva y de sentirnos orgullosos de que los extranjeros quieran invertir aquí.  

¿Quién habita en el territorio llamado Chile que hace tan solo 500 años era hogar de los pueblos originarios? Este dato por sí solo ya nos habla de nuestra esencia. Las culturas originarias, en especial la Mapuche, forman parte de la musculatura profunda de nuestra nación. La encontramos –sin que sea abiertamente declarada– en nuestras expresiones artísticas más notables. El kultrún y el bombo, ese golpe seco y profundo, es el ritmo de nuestra esencia. Somos una estética monocorde, monódica, nada tenemos que ver con las armonías europeas. Más cerca estamos del trompe y la trutruca que del piano y el violín. Violeta Parra y Víctor Jara son chilenos. Escuchen el timbre de sus voces: no son voces lindas y coloridas, no son sutiles ni sensuales; son voces toscas, ásperas, fomes. Nuestra estética es austera, directa, no tiene adornos. Jorge González es otro ejemplo. Son los más grandes que conozco. Escuchen el ritmo de Gracias a la Vida, la poesía de Mistral, el Canto General; escuchen la voz de subterra, la narrativa de Rivera Letelier, la libertad de Lemebel; la reflexión gigante del biólogo Varela, la ironía de Nicanor e incluso el piano de Arrau… ¿Lo escuchan? ¿Sienten el kultrún en el fondo? Chile no existe sin esto. Sin esto Chile no es más que un conglomerado de tubos digestivos, un far west o un copy paste fulero de otras realidades.

Como ven, la esencia de Chile está más cerca de lo mapuche que de España. ¿Por qué? Porque el carácter de un pueblo está íntimamente ligado a su territorio. Innecesario es subrayar lo especial que es nuestra geografía. Nuestro himno nacional solo habla de eso. La pequeñez del humano frente a la naturaleza inmensa y cruda se siente con mucha más patencia en Chile que en España. El carácter mapuche es el carácter de esta tierra, representa al ser humano que nace de esta tierra y se organiza a partir de esta tierra. La esencia de Chile, entonces, se halla subyugada porque en el fondo llevamos 500 años intentado adherir a una esencia inauténtica, lejana. Llegó la hora de liberarla. Salir del clóset. Liberar la esencia no tiene nada que ver con indemnizar, reparar, pedir perdón, o cosas por el estilo. No tiene que ver con que lo europeo haga un paso al costado para que lo originario gobierne. Liberar la esencia tiene que ver con desplegarla y adherir a su llamada. Comprender que ahí está nuestra autenticidad y originalidad.        

Hoy se habla de reconocer a los pueblos originarios, como si esto fuera un acto de generosidad inclusiva. No se ve que es esta la Gran Deuda que impide que florezca nuestra esencia. Y mientras no la saldemos repetiremos y repetiremos una y otra vez la historia de abusos y dominación, la violenta escena primaria que funda nuestra patria. Por que la esencia del ser humano, de todo ser humano, es tender hacia la verdad. Somos una pulsión hacia la verdad. Podemos renegar esta esencia, ocultarla, alejarnos de ella, pero ya hemos visto que tarde o temprano regresa, clama justicia, clama coherencia, autenticidad, la consciencia humana tarde o temprano se revela frente al absurdo, frente a lo que no se sostiene por que no es verdadero.

Así es que no se trata de reconocer, se trata de honrar. Este debiera ser el punto de partida de la Nueva Constitución: honrar nuestra esencia originaria. No estoy hablando de volver a un tiempo primitivo. Tampoco estoy hablando de idealizar los pueblos originarios.  Eso es demasiado florido, no se condice con lo que somos. Estoy hablando de alumbrar lo que hace demasiado tiempo ha estado oculto, renegado y silenciado. Estoy hablando de mirar hacia adentro, bien profundo y abrazar la raíz de lo que somos, llegar a la fuente. El pueblo Mapuche no es que merezca una mención en la constitución, la constitución debe fundarse en este hecho: la esencia de Chile, su sentimiento poético, se muestra y brilla precisamente cuando aparece esta voz arcana de fondo, la fuerza de resistencia y la mirada reservada, el pueblo de la tierra, de tonalidades opacas y de timbres carraspeados. Abrazar esta esencia, es dejar de construir en el aire. Honrar esta estética es la tarea: de ella puede surgir la dignidad y la nueva ética.

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