Columna de Opinión: Aparece el dueño de la educación pública

El Gobierno, preso en su histeria de los 100 días, que habrá un proyecto de Reforma educacional que establecerá en seis años la gratuidad universal. Todo demasiado rápido cuando la educación chilena es un enfermo, en un estado demasiado inestable dentro de su gravedad.

Imagen de Vivian Lavin Almázan
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07 de Abril, 2014 02:04

El ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre, dio en el punto más sensible de la actual discusión sobre la Educación en Chile. Sin eufemismos ni pudibundeces, señaló de manera categórica y clara que entre el Estado del cual es parte y las universidades estatales existe una relación de mandante y mandatado. El ministro clavó así su pica en Flandes, despejando y, sobre todo, aclarando desde dónde y cómo se vinculará con el amplio espectro de actores que quieren ser parte de esta discusión que se inició hace menos de una década.

Ocho años que han parecido muchos más, debido a la agitación social y a los ires y venires en torno a un tema tan sensible y, sin embargo, poco debatido. Ocho años desde que en la primera administración de Michelle Bachelet los estudiantes secundarios inundaron las calles exigiendo una educación gratuita y de calidad. Un proceso denominado Revolución Pingüina que, de manera ejemplar, vino a mostrarle al mundo político que pensaba que, habiéndolos librado de la obligatoriedad del voto, estarían contentos, y sin embargo, la desidia que exhibían era un forma de rechazo, no de desinterés. Y, cuando ese primer gobierno de Bachelet pensó que sellaba el proceso y había dominado a la fauna pingüina, brazos en alto y cambio cosmético a la Ley Orgánica educacional mediante, surgió entonces el clamor social.

El gobierno de Sebastián Piñera sorteó el temporal de la educación a duras penas. Con dos ministros expulsados y un movimiento, ya no sólo pingüino ni estudiantil, cada vez más consciente y dispuesto a exigir lo que antes parecía un sueño. De paso, varias de las principales figuras estudiantiles que nacieron y crecieron en la calle, decidieron ir a dar la pelea desde el Congreso como diputados de la República. Una demostración más de cómo el poderoso engranaje político aún sabe contener y sujetar a quienes osen remover sus cimientos.

La segunda administración de Michelle Bachelet debió tomar la bandera de educación dentro de sus promesas electorales. Y apenas asumió el actual Ministro, lo primero que hizo fue pedir un diálogo con los estudiantes. Y, cómo nos cambia la vida, ahora fueron ellos, los que antes exigían diálogo con miles de estudiantes en las calles, quienes decidieron previa consulta, que sí asistirían a la instancia que les propuso el debutante secretario de Estado.

Pero Nicolás Eyzaguirre debió aclarar primero dónde clavaría su pica. Para ello dispuso del principal agente educador chileno, la televisión, y en una entrevista explicó que cuando el gobierno del que forma parte habla de Reforma Educacional, se refiere al fin del copago, fin del lucro y fin de la selección de estudiantes. Una aclaración necesaria pero no suficiente. Necesaria porque ni el programa ni la actual Presidenta nunca fueron sobradamente explícitos respecto de cuánto avanzarían en las demandas ahora, ciudadanas. Insuficientes, porque la CONFECH, un actor que ya sabe cómo navegar entre ministros debutantes, le está diciendo en acta pública, que los cambios deben hacerse respecto del financiamiento, del fin del lucro y de la democratización de las universidades…un talón de Aquiles para casi todas las universidades de este país, incluyendo, las estatales, exceptuando a la Universidad de Chile, que se siguen rigiendo con los estatutos de la dictadura.

El Gobierno, preso en su histeria de los 100 días, se ha puesto plazos, como que antes del 21 de mayo habrá un proyecto de Reforma educacional que establecerá en seis años la gratuidad universal. Todo demasiado rápido cuando la educación chilena es un enfermo, si no terminal, al menos en un estado demasiado inestable dentro de su gravedad.

Nicolás Eyzaguirre dijo que el Estado es el dueño de las universidades públicas, una obviedad no asumida por sus antecesores, y que los rectores de esas casas de estudio son, por lo tanto, sus “jefes de servicio”. Dichos que molestaron al llamado G9, que integran las universidades tradicionales privadas dentro del Consejo de Rectores, cuya voz cantante es el rector de la Universidad Católica. Una actitud muy poco solidaria por parte del católico rector, cuando ante la hecatombe de la educación en Chile debiera saber que se hace necesario un gobierno con voluntad política para producir los cambios, que esta vez debieran ser al hueso. Quizás sería mejor que este rector se preocupara de lo que sucede al interior de su propia Facultad de educación, cuando los novatos de Educación Básica que ya llevan un mes de clases, nunca han sido requeridos, por ejemplo, para asistir a la Biblioteca del Campus San Joaquín y, en cambio, han estudiado a punta de fotocopias, es decir, obligando a los alumnos a que cometan el delito de la reprografía. Mal inicio por parte de una entidad que se dice confesional y que busca formar profesionales íntegros…Pero ese es problema de ese rector, quien, de paso, debiera alzar la voz sobre la carrera docente y el futuro que les espera a sus propios alumnos, quienes habiendo estudiado con las mismas exigencias académicas de otros alumnos, no tienen un ingreso base semejante al de otras carreras.

El problema mayor, sin embargo, es el que tendrá el ministro Eyzaguirre para cumplir con sus frenéticos plazos en el marco de un diálogo que incluya a todos los actores sociales que quieren debatir sobre la educación, y que son muchos más que el Cruch, Confech y Aces.

Esta es la mayor prueba que enfrentará un hombre de hablar claro, demasiado a veces, que no quisiera ser tildado de excluyente ni autoritario, pero que deberá demostrar con hechos la vocación democrática y plural de la cual se jacta.

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